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Inicio Cultura y Sociedad · Tradiciones El esparto y el albardín

RECORDANDO EL ESPARTO O ALBARDÍN EN GELSA

El esparto es una planta
que abunda mucho en el monte,
es muy resistente a todo,
igual en el sur que en el norte.

No tenía más historia
que la de hacer los fencejos,
y para hacer buen esparto
no hacía falta ir muy lejos.

Los años cuarenta y tantos
eran años de escasez,
y entonces vino el esparto
para el cartón y el papel.

No fue de gran calidad
toda su elaboración,
pero prestó un gran servicio
al papel de la nación.

El esparto en nuestro pueblo
le dio vida al jornalero
que, aunque el trabajo era duro,
se ganaba algún dinero.

La faena del esparto
era dura y a destajo,
y siempre en la madrugada,
era mejor el trabajo.

Si dormíamos en casa
a las dos ya ibas andando,
y cuando rayaba el alba,
ya estábamos arrancando.

Aunque era mala faena
no se iba todos los días,
llevábamos cuatro duros
y en casa había alegría.

JULIO AVELLANED

El esparto y el albardín son dos plantas muy parecidas, que crecen espontáneamente en muchas de las zonas áridas de Aragón, por eso en los montes de Gelsa siempre ha sido abundante. Ambos tienen los mismos usos y aplicaciones; se utilizaban para hacer los llamados “fencejos”, que eran una especie de sogas o cuerdas, que servían para atar la mies, las habas, los garbanzos, la alfalfa y otros cultivos que entonces se recogían de esta manera. También se utilizaba para hacer calzado, papel y cartón. Todos los que recuerdan los inicios de este cultivo en Gelsa, lo harán seguramente asociándolo a los nombres de Pablo y Joaquín Falcón, quienes por los años cuarenta fueron los encargados de supervisar esta actividad, pesando el esparto con una báscula y dando las indicaciones necesarias para que se recogiera correctamente. El Ayuntamiento, que era el dueño de la “monteriza” o cabezos donde estaba el esparto, tenía un contrato anual para explotar este cultivo. Así pues, era el Ayuntamiento, en calidad de intermediario y quedándose un porcentaje de las ganancias, el que vendía el esparto a los comisionistas y su precio podía variar dependiendo de la saturación del mercado o de la lluvia que hubiera caído durante el año (la cosecha era mayor cuanto más llovía). Por ello, la gente que se dedicaba a esta actividad estaba muy pendiente de cualquier información que pudiera llegar a este respecto, especialmente cuando se acercaban las fiestas o la Navidad, ya que en estas épocas los gastos aumentaban considerablemente.
Como ya se ha dicho, la época de recogida del esparto dependía de las lluvias anuales, del mercado, del tiempo que se dejaba para regenerarse, etc. No obstante, a veces, se podía ir a vender a otros pueblos como Quinto, Pina o Velilla si la temporada estaba cerrada en Gelsa. Por todo esto apareció la figura de “el guarda” (contratado temporalmente por el Ayuntamiento), que cuidaba y vigilaba la leña del monte (sisallos, romeros, etc.) durante la temporada de recogida, además de ayudar a la venta del esparto, especialmente en los pueblos de alrededor. En Gelsa este papel fue desempeñado por José Aliacar.
Poco a poco, esta actividad se fue extendiendo a más gente y eran muchos los que iban al monte con toda la familia en carros tirados por mulas. La jornada solía comenzar temprano por la tarde y se pesaba por las mañanas. Por eso era habitual dormir en el monte sobre malos aposentos y con escasa comida. Normalmente se dedicaban a este menester los ratos de mayor humedad del día, ya que el esparto se arrancaba mejor. Por eso había que madrugar mucho. Era un trabajo duro. Primero se empezó a arrancar el esparto a mano, luego con la azada, aunque de las dos formas se arrancaba con la raíz o “peine” y costaba mucho tiempo que se regenerara. Además, luego había que cortar con el hacha de mano, sobre un taburete, las raíces sobrantes, una actividad que solían realizar las mujeres y los niños de 10 a 13 años, y que recibía el nombre de “la limpia” del esparto. Después se empezó a utilizar el dallón (de hoja más corta que la dalla). Luego, el palo que se usaba a modo de palanca para que no se estropeara mucho, y, por último, el gancho. También se utilizaba el aporreador, que era una especie de peine para quitar el esparto seco que no servía. Además del esparto que se vendía, cada uno solía dedicar los días lluviosos o de heladas a hacer fencejos en las eras para guardarlos en los pajares hasta la época de cosechar.


Arrancando esparto a mano y con el gancho
Atando camales para hacer fencejos

El esparto se ataba en “camales”; cuatro o cinco camales formaban un “fencejo” y treinta fencejos formaban el llamado “fascal”, que era la unidad de referencia para los compradores y agricultores de esta zona. Además de los hombres del campo, eran otros muchos los que dedicaban algún tiempo al esparto ya que aportaba un dinero extra que era muy bienvenido en las épocas festivas. Como síntoma de la buena salud de la economía de los gelsanos gracias a este aporte extra, nació en el pueblo una especie de “eslogan”, que era conocido por todos al hablar del alto precio de algunos productos, en especial, de los que se servían en la taberna: ”si va, que vaya”.