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Inicio Cultura y Sociedad · Tradiciones

EL CULTIVO
DEL ARROZ

Sobre los años cincuenta
en tierras abandonadas,
llegaba un nuevo cultivo
y fueron recuperadas.

De Cataluña y Valencia
vinieron para enseñarnos
a cultivar el arroz,
gran cosecha en aquellos años.

Todo era desconocido
en los pueblos de Aragón,
por eso viene de fuera
la primera plantación.

En la segunda cosecha
ya sabíamos el oficio,
y plantábamos nosotros,
lo que aumentó el beneficio.

Cada vez venían menos
a plantar los valencianos
porque aquí formaron grupos
de plantadores muy buenos.

Criábamos los planteros
con trabajo y con paciencia,
y era mucho más rentable
que la planta de Valencia.

La clase baja de Gelsa
fue la más favorecida,
porque eran malos trabajos
y algunos, no los querían.

Fue una mejora en el pueblo,
se notó en la economía.
y los jornales subieron
por el trabajo que había.

JULIO AVELLANED

El arroz es una planta de la familia de las gramíneas que se cría en terrenos húmedos. Tiene la caña de tres o cuatro nudos, y hojas largas y muy ásperas en los bordes, flores blanquecinas y, por fruto, un grano oval, harinoso y blanco.
La huerta de Gelsa tiene una gran zona, casi la tercera parte, en la que debido al salitre y al remanantío la tierra es inferior y que, por lo tanto, es difícil cultivar con garantía de rendimiento.
En el año 1950 vinieron a Gelsa tres valencianos del pueblo de Sueca, y dos catalanes de Tortosa para solicitar al Ayuntamiento tierra yerma y dedicarla al cultivo del arroz. Acordaron dividir las zonas de carrizales, que eran propiedad del Ayuntamiento y tenían una superficie de 400 anegas, en dos lotes: uno para los valencianos y otro para los catalanes. Además, los valencianos formaron una sociedad con dos terratenientes del pueblo que tenían tierras yermas, Sebastián Loriente y Pablo Falcón, y trabajaron juntos durante diez años.
Con el tiempo, estas tierras se declararon “zona arrocera” y se formó un sindicato en Zaragoza que administraba todas las zonas arroceras de Aragón. Todos los propietarios de fincas yermas dedicadas al arroz recibían unos “ceunos” (C1) o documentos particulares para controlar la producción y la variedad de arroz de cada cultivador. Se calcula que en total se dedicaban en Gelsa a este cultivo unas 300 anegas.
Para poder cultivar el arroz fue necesario hacer escorrederos e hijuelas de saneamiento, con el fin de perjudicar lo menos posible a los campos que se podían dedicar a otros cultivos, puesto que el arroz tenía que estar con 10 ó 15 centímetros de agua hasta su recolección. Después de hacer los escorrederos venía la nivelación, el arado de la tierra, el embalse, el fangueo y la plantación, faenas que al principio se hacían con las mulas o caballerías.
Para hacer la primera plantación trajeron toda la planta de Sueca y Cataluña, así como los peones para plantarlo, puesto que aquí esta faena era desconocida. Estos peones fueron dirigidos por los hermanos Salvador y José Ros Perales, que fueron los promotores del cultivo del arroz en Gelsa. Los pequeños propietarios y los peones se pusieron al corriente enseguida para realizar toda clase de faenas, evitando traer peones de fuera, aumentando así la producción y creando más puestos de trabajo en el pueblo.

Cuando llegaba el mes de marzo se sembraban los planteros al abrigo del azote del viento para adelantar la plantación. Si el mes de Abril no era muy malo, en dos meses se criaba el plantero y ya estaba a punto para arrancar. Después se hacía el fangueo y se procedía a repartir las “garvas” o manojos de planta de arroz del plantero, atados con esparto, con un trineo tirado por una mula y un capazo colgado en el cuello delante del pecho. Esta faena se solía hacer entre dos personas: mientras una conducía la mula, la otra iba tirando las garvas. Una vez repartidas, comenzaban su trabajo los grupos de plantadores; su faena era muy delicada, ya que no había que elevar mucho la planta en el barro y había que guardar la misma distancia que el resto de plantadores. Normalmente les acompañaba un “garvero” que les suministraba alguna garva más y les daba indicaciones sobre las distancias y la forma de plantar el arroz. Se solía hacer esta tarea cuando no soplaba el viento, ya que éste producía pequeñas olas en el agua levantando las llamadas “barcas”.
Pasados unos veinte días, el arroz ya estaba “agarrado” y era el momento de echarle el amoníaco, que es el mejor fertilizante para este cultivo, siempre con la precaución de que el nivel de agua se conservara, al menos, durante quince o veinte días.
Durante todo el periodo de crianza se quitaban las malas hierbas a mano o con la hoz. La siega también se hacía con la hoz y el desbarbador, que se utilizaba para cortar la paja sobrante. La garva del arroz se dejaba encima de la paja para que se secase. Posteriormente, a los veinte o treinta días, estas garvas se llevaban con los carros a la trilladora, maquinaria que pertenecía a los hermanos Gracia, Miguel García Cerezo y Pablo Lobera. Si al cosechar o trillar el arroz estaba seco, se llevaba directamente al almacén y se cobraba a los precios fijados oficialmente por el Sindicato, dependiendo del tipo o variedad que fuera. Si por el contrario, el arroz salía húmedo a causa de la lluvia u otras circunstancias, se tendía en la era para darle vueltas con los pies descalzos. Esto era conocido como “labrar el arroz” y se solía hacer dos o tres veces al día. Finalmente se llevaba una muestra para comprobar el grado de humedad y llevarlo al almacén definitivamente.
En 1958 la Hermandad de Labradores y Ganaderos, al finalizar el contrato de valencianos y catalanes, distribuyó las 400 anegas de tierra del Ayuntamiento entre los parcelarios, en lotes de cuatro anegas aproximadamente. Para administrar esta tierra, la Hermandad designó un representante de esta entidad: D. Antonio García Avellaned.
En los documentos o ceunos se controlaba la cantidad y la variedad de arroz que se cultivaba, que podía ser “balilla”, “colusa”, “precoz verde”, etc. La variedad predominante en Gelsa fue la “balilla” por su mejor rendimiento y buena calidad. En Aragón, esta variedad superó con creces los rendimientos de Valencia, produciendo una media de 7.000 kilos por hectárea.
Con el tiempo, este cultivo también se fue mecanizando y se llegó a fanguear con tractores de ruedas de hierro y a cosechar con las cosechadoras. Esta cosecha floreció en Aragón hasta principios de los años setenta cuando, debido al exceso de producción en España, los Sindicatos Arroceros Nacionales acordaron dar de baja a los últimos cotos arroceros declarados, como en el caso de Aragón.
Este cultivo tuvo una notable repercusión en la economía de Gelsa, ya que se subieron los jornales llegando a cobrar un peón 100 de las antiguas pesetas diarias en 1958. Pero no sólo los peones se beneficiaron, sino que los particulares también recogían beneficios de los arriendos de sus parcelas, ya que por entonces la industria era inexistente.

 
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